Vengo de una familia no creyente, ni mis padres, ni mis tíos, ni mis primos, ni mi hermana, solo mis abuelos son creyentes, mi abuela con los años ha ido perdiendo fuerzas físicas, pero mi abuelo no, al contrario, cada domingo escucha la misa por la radio y si puede, la mira por el televisor.

Mi abuelo tiene 99 años, y aunque no puede caminar ni ir a misa, él le pide a Dios todos los días por nosotros: que seamos felices, que tengamos salud, que tengamos trabajo, y nunca ha perdido la fe en que un día llegaría que una nieta, ( la mayor, nada menos! ) le dijera que había tomado la decisión de bautizarse, mejor dicho la iniciación cristiana!
Al principio, le costó un poco entender por qué después de 35 años resulta que ahora una de sus nietas decide pasar todo el proceso de conversión, es decir, catequesis, conocimiento y amor a Dios y a Jesús, etc. Yo al principio le dije que para mí era un trámite, que mi vida no iba a cambiar, que solo quería hacerlo porqué me parecía bonito y él lo aceptó, como tantas y tantas cosas que ha tenido que aceptar en su vida. Nunca, después de casi un año de proceso, me ha preguntado qué es lo que me ha llevado a hacerlo, él simplemente lo que ha hecho es aceptar lo que su nieta quería.
Tardé en decírselo unos meses, porqué yo también quería estar segura del paso que iba a dar, sabía que sería (y es) un proceso largo. Pero ahora estoy completamente convencida que he tomado la decisión correcta.
El momento y la época en la que me encontraba era muy complicada, en el trabajo estaban empezando los cambios, sentía un vacío en mi vida personal, necesitaba estar con mi familia, mis amigas (que las quiero mucho) no me llenaban lo suficiente, pero yo seguía con mi vida. Yo creía que todo estaba bien, pero algo me decía que no.
Una tarde de primeros de julio de 2011, después de comer, sentí la necesidad de salir corriendo de casa, arreglé la cocina rápidamente, me puse unos zapatos y ni tan siquiera me fijé como iba vestida.
No me acuerdo como fui desde mi casa hasta encontrarme en las puertas de La Catedral de Barcelona. Entonces caí en la cuenta que tenía que mirar cómo iba vestida, me observé rápidamente y me di cuenta que todo estaba bien. Entré como una turista más, pero la sensación que tenía era muy fuerte, era como si alguien estuviera detrás de mí empujándome. Me senté en uno de los bancos que hay delante de los confesionarios y me quedé allí sentada, sin pensar en nada, cerré los ojos y de repente se me hizo el silencio, me pesaban los ojos, una fuerza me impedía levantarme, me impedía abrir los ojos y me impedía moverme. De repente, cuando pude recobrar los sentidos (nunca sentí que me desmayara, ni nada parecido), tuve una sensación rara, no entendía lo que me había pasado, tenía la necesidad imperiosa de contarlo y no se me ocurría nadie mejor que entrar en un confesionario, pensaba que allí encontraría la respuesta que necesitaba.
Cuando estuve dentro del confesionario, el cura me preguntó de una forma muy tierna: “Hija mía, cuanto tiempo hace que no te confiesas? ” Y yo lo respondí: “Pues, mire usted, padre, tengo 35 años, y creo que nunca lo he hecho.” El, estrañado me contestó: “Y eso? Que te ha pasado en ese tiempo? No has hecho ningún pecado?” Al que yo contesté: “Padre, yo no estoy bautizada, ni confirmada, ni he hecho la comunión y yo no soy creyente” En ese momento, sentí que el peso que sentía al entrar a La Catedral se iba marchando, sentía que estaba donde tenía que estar, y me puse a llorar, no podía parar de llorar, pero fue un lloro de calma, de desahogo. El cura que estaba en el confesionario después de calmarme, me dijo las palabras que probablemente estaba buscando: “Hija mía, por qué no te bautizas?” Lo que más me sorprendió es que no le dio importancia a lo que le acababa de decir: Yo no soy creyente! Él continuó con su explicación de los sacramentos, de lo que tendría que hacer, pero sin darle importancia a lo que yo le había dicho.
Me quedé pensando en aquellas palabras: Bautizo, me parecían preciosas. Llamé a una amiga y le expliqué lo que me había pasado y le dije que lo pensaría, que total mi vida tampoco cambiaría por el hecho de tener los sacramentos cristianos.
A los dos días volví a La Catedral y me encontré en el confesionario con el mismo cura, yo ya estaba mucho más tranquila, lo había meditado bien y le dije: “Me quiero bautizar y pronto” a lo que él me contestó: “Primero tendrás que hacer la catequesis, y aprender  la vida de Jesús y, lo más importante, quererlo y confiar en él”. Y yo le dije: “Adelante”
Desde entonces estoy aprendiendo a querer a Jesús, estoy viendo sus buenas obras, el amor que nos tiene a todos. Siento que cada día que pasa, estoy más cerca del bautizo, de tomar el cuerpo de Cristo, de beber su sangre, de tenerlo dentro de mí.  Mi vida ya no es la misma, siento que estoy haciendo exactamente lo que quiero, soy muy feliz, sé que el Señor me acompaña siempre, que me guía y me quiere.
Este es mi testimonio de conversión, cuando empecé tenía 35 años, ahora tengo 36, solo ha pasado 1 año, pero es lo mejor que me ha pasado nunca.

Laia
25 de junio de 2012.